Entré a una empresa pensando que iba a encontrar desorden.
Y encontré algo bastante distinto.
Encontré personas que habían hecho mucho para que las cosas funcionaran.
Planillas creadas y adaptadas durante años. Fórmulas. Controles. Registros. Proveedores ordenados. Soluciones que habían nacido porque alguien, en algún momento, necesitó resolver un problema concreto y lo resolvió con las herramientas que tenía.
Funcionaron.
De hecho, fueron parte de lo que permitió crecer.
Pero la empresa también cambió.
Y lo que antes ayudaba a ordenar empezó, de a poco, a exigir demasiadas validaciones, demasiados cruces manuales y demasiado conocimiento concentrado en pocas personas.
Había información que existía, pero había que recordar dónde buscarla.
Datos que se cargaban en un lugar y después había que volver a actualizar en otro.
Alertas que dependían de que alguien se acordara de revisar una planilla.
Procesos formalmente documentados que ya no describían del todo lo que realmente sucedía entre las áreas.
Y ahí la conversación cambia.
Porque sería muy fácil mirar al responsable y decir:
“Tenés que organizarte mejor.”
Pero cuando uno observa cómo transcurre realmente su día, entiende otra cosa.
No faltaba voluntad.
No faltaba criterio.
Faltaba que el sistema dejara de pedirle a una persona que compensara, con memoria, seguimiento y horas de trabajo, todo lo que todavía no estaba integrado.
Una de las cosas que más me interesa de este tipo de intervenciones es justamente esa.
No llegar buscando quién está haciendo algo mal.
Llegar intentando entender qué está obligando a personas capaces a trabajar con más esfuerzo del necesario.
A veces profesionalizar un área empieza ahí.
No agregando más controles.
Quitando fricción.
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